Poema XIV

     Bueno, pues como lo prometido es deuda, aquí va una más de las tantas que aún quedan hasta completar el año. Siguiendo la línea decadente de todo el libro, un poema que habla de nuestra insignificancia en comparación con la gran masa de agua y tierra que es este mundo y de nuestro anhelo (el del ser humano), por encumbrarnos en el epicentro de la Creación.

Espero que os guste.

Luna

XVI

 

Es este mundo una máquina atroz,

Criatura feroz

De alma resuelta;

 

Bola que rueda constante y veloz

Y en compás ulterior

Los ciclos desvela;

 

¿Y qué papel representamos nosotros,

en todo este entramado,

formando parte de ella?

 

El polvo extenuado,

la raza imperfecta,

la piel desechable

que alienta sus giros

y queda a su paso

decrépita y muerta;

 

Aquella de que su cuerpo se deshace,

por serle inservible,

vuelta tras vuelta;

 

Y nosotros aún nos creemos importantes,

parte esencial de esta cínica esfera,

y así inventamos el alma inmortal

que todo lo puede y por siempre se queda…

 

Tan grande es nuestro pesar,

tan ínfima nuestra existencia,

que dejamos a un lado al ser racional

en pos del designio de esta creencia.

 

Todo por no aceptarnos como somos,

cuán vana es nuestra sutileza.

Que si hubiera en verdad un Dios inmortal

tal vez nos dijera con toda firmeza:

 

¿Quién crees que eres?

Barro miserable,

¡molécula enferma!

 

Yo soy la razón,

yo soy la verdad,

y tú no eres más

que una efímera siembra;

 

El tiempo en mi mano

se expresa fugaz,

y tú eres la faz

de una esquirla que tiembla;

 

La astilla que asoma

su vientre tenaz,

el hambre voraz

que muerde tinieblas;

 

Mi mano es la mano

que te ha de aplastar.

El soplo mortal

que mueve la rueda…