Poema IX (La rueda que nos mueve)

Os dejo aquí un poema más. Ya llevaba un par de meses sin publicar nada, pero no he olvidado mi promesa de principios de año. Espero que os guste.

 

IX

De una mujer no temo cuanto dice,
pues razones tendrá donde las halla
cuando del fuego y del silencio inquieto,
su frágil corazón, al fin, estalla.

De esta enemiga fiel
no temo las aras de su venganza;
ni los envites embravecidos
que del fuero del alma son nacidos
cuando se alza solemne en la batalla.

Todo tiene locuaz motivo,
y cierto es,
que de cuanto hemos oído,
cuestión sea de virtud o paciencia,
lo intuirá la humana inteligencia
sin error.

No son sus palabras
las que me preocupan,
ni sus fieros golpes
que mi mente ocupan
cuando puedo afrontarlos
sin temor.

Lo único que en verdad temo de una mujer,
ese enigma indescifrable que me reconcome el alma,
es leer en sus pupilas un estigma inconfesable
que por tratar de ocultar le hierve en las entrañas.

Creerá tal vez que me ha taimado,
que no he notado en su retórica conducta extraña,
sin saber que cuanto adolece en su conciencia
lo he visto yo desdibujarse
en los agonizantes tonos que delatan sus palabras.

Y así, sin más, como si todo dicho y sentenciado,
rotas las cuerdas del poema enmudeciere el arpa,
se da la vuelta inadvertida con la única intención
de tragarse el nudo que le asoma a la garganta.

Esta noche llorará, y una vez serena,
cuando sienta que del cándido sopor lejana voz la llama,
y sus rendidos ojos vengan quiebros a desfallecer
sobre los gráciles bordados que decoran su almohada.

Cuando llegue el punto de distensión de los sentidos
en que arrollador nos vence el sueño enardecido
y el irremisible empuje de su miedo al fin decaiga.
Allá donde encendido el dogma de vivir y ser valiente,
la triste realidad, del lazo con el sufrimiento se deshaga.

Cuando el aliento de Morfeo la envuelva en dulce abrazo
para liberarla de cuantos agravios mortales le confiere el alma,
girará la rueda una vez más,
y quedará de lánguida ensoñación vestido el alba.

Tal vez el sueño la convenza de que no existe desazón,
de que el llanto se disipa hasta apurar su ansia,
y quedando adormecida en sus memorias
se le antoje que de lo que fue, ya no queda nada.

Pero yo, tendido junto a ella,
vibrando mi inquietud, discreta entre las sábanas,
me preguntaré sin hallar respuesta alguna
qué es aquello que la tortura y sangra.

Duérmase ella tal vez tranquila, en sosiego,
creyendo que del corazón ha menguado ahora su carga,
sin darse cuenta de que en su irracional convencimiento
no hay siquiera un atisbo de esperanza.

Sabedlo todos.

Lo que me hace temblar el pulso mientras contemplo su semblante
lívido como el mármol del antiguo templo ataviado en nácar,
es mirarla fijamente a los ojos,
descubrir que en algo adolece su voz enrarecida y llana,
y tratando vanamente de augurarlo,
no saber qué es lo que calla.

Sebastián Lozano (Año 2011)

Un comentario en “Poema IX (La rueda que nos mueve)”

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