El Desván

Sobre el desván, Poe y esas otras estremecedoras criaturas: los gatos.

Todos tenemos un desván en la memoria en el que guardamos viejos trastos que apenas sí recordamos tener. Es un desván hecho de recuerdos, de miedos, de pasiones y melancolías. Si pudiésemos andar por él a voluntad no creeríamos la cantidad de cosas extrañas, de elementos que, atrapados entre telarañas, apoyados unos sobre otros, suspendidos en el aire, o en rincones oscuros y olvidados, conservamos aún de nuestra vida pasada. Sin embargo este desván no tiene luz, y todos los días caminamos por él a tientas, sin ser conscientes de ello, hasta que una palabra, una sensación, una brizna de aire que nos trae unas moléculas de perfume, o una imagen, nos hacen chocar con alguno de estos trastos, y se hace entonces la luz sobre ellos convocando una vorágine de recuerdos que nos invaden de nostalgia.

La primera vez que cayó en mis manos el volumen de las Narraciones Extraordinarias de Edgar Allan Poe, yo creía no saber nada de este autor. Desde el principio me atrapó su ingenio; su elocuente, retórica y minuciosa narrativa se fundió en mis pensamientos y me trasladó a sus mundos de misterio como si mi mente fuese un pequeño bote que se sumergiese en un inmenso océano a la caída de la noche, y avanzando en la lectura, avanzaba yo por ese océano cada vez más grande, más inmenso, a la vez que el color del cielo se oscurecía embutiéndose en las postreras horas y comenzaban a titilar las pequeñas estrellas en la intangible cerrazón. Las embestidas del oleaje hacían zozobrar la embarcación cada vez con mayor ímpetu, y a babor y estribor se dibujaban vagas sombras juguetonas que se mezclaban con el aire cálido de la atmósfera y me envolvían, a la vez que tierras misteriosas, islas y penínsulas líquidas e ignotas, se aparecían y desaparecían por todos los flancos como si el mar las escupiese lentamente desde sus abismales fosas para volver a tragarlas unos segundos después. Tan extraños fueron los páramos que visité de la mano de Poe.

Pero no fue esto aún lo que me cautivó. Llegué por fin al relato de “El gato negro”, tal vez el cuento más conocido de este autor, y desde el principio había algo familiar en el relato, una sensación nostálgica se encendía en mí a medida que iba pasando las páginas de aquel viejo libro, hasta que, de pronto, tropecé con uno de los muchos trastos de mi desván, y un torrente de recuerdos cayeron sobre mí para mostrarme el motivo de aquellas sensaciones. Y se mostró con tanta claridad como si lo hubiese vivido en aquel preciso instante.

Tendría yo tal vez siete años, puede que incluso menos. Aquel día mis padres habían salido de viaje y se habían llevado con ellos a mi hermano pequeño. Yo me había quedado al cuidado de mi abuela y de mi tía Mari. Acostumbrábamos, cada noche, a que mi padre nos leyera algún cuento a la hora de dormir, y para mí aquella noche no debía ser diferente por su ausencia, así que creo que convencí a mi tía para que supliera su lugar y me leyera algo. Ella cogió al azar un libro de relatos y seleccionó uno que le pareció apropiado.

No era el tipo de lectura a la que yo estaba acostumbrado siendo tan pequeño, sin embargo el relato comenzó gustándome. Hablaba de un matrimonio y un hogar lleno de animales en el que reinaba la felicidad, y esto es algo del placer de cualquiera. Sin embargo, esto sólo era el principio, y a medida que avanzaba, el relato se volvía cada vez más tórrido, hasta que llegó a un punto en el que creo que ambos nos dimos cuenta (no sé si mi tía o yo primero), de que aquella no era una lectura adecuada para un niño que se va a la cama. Desde luego, nada tenía que ver con los cuentos de los hermanos Grimm que nuestro padre solía leernos.

Llegado ese momento, mi tía cerró el libro y dijo que ya era hora de dormir, sin embargo, para mí era ya demasiado tarde, y los demonios de Poe habían entrado en mí lo suficiente para quitarme el poco sueño que tenía. Mi tía salió de la habitación, creo que esperanzada en que la lectura no me hubiese inquietado demasiado, y creo que se llevó el libro con ella. Tal vez no quería que yo me pusiese a leerlo por mi cuenta. Una vez que salió, el cuarto de mi abuela, que era en el que yo dormía, todo lo vacío que estaba de muebles o de cualquier tipo de decoración, se llenó de fantasmas. Recuerdo que era una noche apacible, tal vez de comienzos de primavera, o de otoño. La luz entraba tenue y fantasmagórica filtrándose a través de los visillos de las cortinas, y yo no dejaba de mirar sobre el amplio cabecero de madera de aquella enorme cama hacia el crucifijo que pendía sobre ella. Y así, poco a poco, la habitación se fue llenando de sombras ininteligibles, y recuerdo que mi corazón se aceleraba con cada ruido de la casa. Mi abuela y mi tía seguían en la planta de abajo. Yo, a solas en la segunda planta, trataba de convencerme de que sólo eran los ruidos de mi abuela recogiendo los cacharros de la cocina. Pero mi imaginación estaba desbocada, y a pesar de que la razón de un niño de siete años puede ser tan poderosa como la de un adulto para un asunto de estas características, la imaginación, todos lo sabemos, a esa edad es una avispa que nunca duerme. Creo que en algún momento de la noche vi deslizarse a aquel maldito gato a los pies de mi cama.

No recuerdo si conseguí dormirme finalmente o si, una vez vencido por el espanto, me levanté en busca de compañía. Pero aquellas sensaciones y pensamientos siguen vivos en mi memoria, y lo han estado desde aquel día en que, siendo ya un hombre, volví a sentirme como un niño asustado leyendo el relato de El Gato Negro, de Allan Poe.

Os lo recomiendo a todos, mucho mayor efecto producen sus palabras leídas bajo el cielo vespertino. No olvidéis estar a solas, encender una vela y dejar abierto un pequeño resquicio de la ventana para que, al compas de la llama, vengan a visitaros las criaturas de la noche que se derraman por las pareces y se deslizan tras las ondas de las cortinas. Porque, seamos claros, podremos decir que no nos gusta pasar miedo, y puede que en algunos casos quien lo diga lo haga totalmente convencido de ello. Sin embargo, el miedo nos hace sentirnos vivos, y las trampillas que saltan en nuestro pensamiento cuando nos encontramos sobrecogidos, y que nos hacen sentirnos expuestos, pero dispuestos a lanzar un grito al aire y salir corriendo en el momento oportuno, despiertan en nuestro instinto sentimientos que avivan nuestros sentidos y embravecen nuestros corazones. Y sus efectos son duraderos, lo suficiente como echarlos de menos cuando ya se han disuelto, y lo suficiente como para que muchos años después de pasar una larga noche de espantos, sus demonios vuelvan a visitarnos cuando menos lo esperamos.

Buenas y fantasmagóricas noches a todos.

Sebastián Lozano
9 de mayo de 2017

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