Relatos

El Camino de Vuelta

La noche llegaba fresca y apacible. Tan sólo un ligero viento hacía zozobrar los árboles que circundaban el lago, dibujando sobre la superficie de sus aguas efímeras ondas que, inquietas, se apresuraban a huir de la orilla hasta desaparecer entre las sombras que el velo ennegrecido de las horas postreras levantaba sobre el bosque. Una luna menguante y cautivadora, semi oculta entre los abetos, se dejaba ver con luz fantasmagórica y apagada al leve movimiento de las ramas para arrojar un atisbo de luminosidad sobre el páramo en silencio. Su halo caía despacio como un enigmático vaivén de luces y sombras, y su mortecina vida penetraba en las pupilas de una niña que se encontraba a orillas del lago, tan calma y armoniosa como la noche misma.

La pequeña Laura, que tenía ya siete años, acunaba entre sus brazos a su gato Canuflo, un felino color azabache con unos profundos iris ambarinos desde los que contemplaba a la niña con la tranquilidad y la dulzura de aquel que se siente protegido por una mano amiga. Mientras tanto, Laura hundía la mirada en el núcleo de las aguas tratando de desentrañar una respuesta oculta que tal vez se deslizara hasta su conciencia arropada por aquella atmósfera conciliadora. Tal vez, dejando fluir su pensamiento en el espacio, las musas que habitan los sosegados rincones fondearan los abismos de su percepción hasta hilar una realidad que justificase la aparente inverosimilitud de todos los acontecimientos de los últimos días para ayudarla a comprender. Siempre que había algo que la consternaba o la inquietaba, la noche junto al lago, bajo el cielo protector, le mostraba un camino diferente para afrontar sus pequeñas desavenencias y hacerla sentir mejor. Pero en esta noche en especial parecían no llegar las ideas a su cabeza. Parecía su mente vagar descalza por los ignotos páramos del subconsciente sin saber siquiera por dónde empezar. Los últimos días habían sido realmente agotadores, y la incomprensión de todas las cosas que estaban pasando la abrumaba y la sobrecogía. ¿Y si nada volviera a ser como antes? Es cierto que los niños, cuando sienten que algo está mal, tienden a exagerar en desmedida la realidad que les abarca, y su mundo cambia por completo, la culpa de que esto sea así la tienen en ocasiones los adultos, que para no preocuparlos con motivos que creen que no pueden entender, les ocultan la verdad, y esto despierta de una forma tenebrosa su imaginación, pues ellos dan consistencia a las más aciagas ideas en su cabeza por no comprender lo que ocurre.

Su madre, antes siempre con una sonrisa en los labios para ella, parecía no notar su presencia cuando trataba de llamar su atención; demacrado su rostro por las continuas noches en vela, dando vueltas en la cama como un espíritu que no halla la anhelada paz. Su padre, apenas aparecía por casa, y cuando lo hacía apenas hablaba con nadie, absorto como se encontraba en sus propios asuntos, o pasaba las horas del alba durmiendo como si no lo hubiese hecho durante siglos. Siempre había sido un hombre fuerte, vigoroso y tenaz; capaz de hacer caer el abeto más grueso con un par de golpes de su hacha, acarrear docenas de sacos de leña a casa para prevenir el frío invierno y aun así, después de una dura jornada, jugar con ella hasta caer rendido; sin embargo, ahora parecía desnutrido y enfermizo. Era como si llevase días sin comer, sin descansar, se encontraba pálido y macilento, su rostro parecía enflaquecer por momentos, y su cuerpo ágil y enérgico menguaba cada día. Hacía semanas que no la cogía en brazos ni la llevaba de la mano a pasear por el bosque para explicarle los secretos que guardan los animales y las plantas que lo pueblan. Hacía al menos un mes que no habían ido juntos a coger las bayas con las que luego su madre le preparaba las deliciosas tartas que a ella tanto le gustaba devorar. Laura no podía comprender lo que le estaba pasando.
Y su abuela, siempre en su mecedora, rezando el rosario junto al fuego hasta que se quedaba dormida. Sin embargo, era la única que de vez en cuando parecía hablar con ella, aunque sus conversaciones eran extrañas, pues la abuela cambiaba de un tema a otro sin responder a lo que la niña preguntaba, como si más que mantener una conversación, repitiese en voz alta sus propias turbaciones y pensamientos; y cuando parecía que había tenido suficiente, volvía a abstraerse en sus rezos, y desatendía sus palabras. Laura se preguntaba si de verdad la escuchaba.
El único que no la dejaba en ningún momento era Canuflo, siempre fiel a ella la acompañaba a cualquier lugar; y en las profundidades del bosque, o en su habitación, lloraba ella y dejaba que la pena saliese de muy adentro mientras apretaba cariñosamente el cuerpecito del gato contra su pecho. Sólo quería que esto acabase, que todo volviese a la normalidad.

De pronto, ensimismada como se encontraba debatiendo todos estos pensamientos en su cabeza, algo en la profundidad del bosque llamó su atención. Un movimiento incandescente que podía adivinarse en la cerrazón y que dibujaba inciertas formas en torno a ella, apareciendo y desapareciendo de la vista con un leve contoneo que despertó su curiosidad. Animada por la atracción, y decidida a descubrir la naturaleza de tan extraña entidad, la niña se evadió de todos los pensamientos que la abrumaban y se levantó con prudencia para no hacer ningún ruido. El movimiento desperezó a Canuflo que se debatía entre la realidad y la ponzoñosa gravedad del sueño. Tras un bostezo, el felino saltó desde las faldas de la niña para acompañarla en su aventura sin saber muy bien qué estaba ocurriendo. Con el mayor sigilo posible entre la espesura del bosque lleno de ramas y hojarascas, la niña se fue acercando hasta aquella misteriosa luz que parecía atraerla de forma irrevocable hacia su seno. Canuflo, en ocasiones enrollándose entre sus pies, la seguía devoto y curioso por conocer los vericuetos del lugar al que su dueña le guiaba. La luz seguía una dirección inequívoca y recta, sin duda alguna quienquiera que portase la flameante llama sabía bien a dónde se dirigía, y tras esa persona podía distinguir las siluetas de al menos siete personas más que caminaban por paso precavido, pero firme hacia algún emplazamiento desconocido. Laura decidió acercarse un poco más, y tomando la dirección que seguía la macabra comitiva, se adelantó en el camino para esperarlos a su paso unos metros más allá. Canuflo dudó por un momento, olisqueaba el aire a su alrededor y miraba hacia ambos lados con recelo como si un ente invisible se cerniese sobre ellos. Laura pareció notar también aquella presencia y, aunque el miedo acudió a su corazón, la curiosidad era más grande que su precaución. Volvió a emprender la marcha, y esta vez sí, como ahuyentado por algo, Canuflo corrió hasta alcanzarla. Llegaron así hasta un inhóspito sendero que atravesaba el bosque entre los árboles. Por más que había recorrido hasta los más recónditos recovecos de aquellas brozas, Laura no recordaba haber visto jamás esa travesía. Parecía como si una zarpa colosal e ilusoria lo hubiese trazado a conciencia en un santiamén, pues daba la sensación de que un halo fantasmagórico lo cubriese del uno al otro costado, y observándolo a lo largo, en la distancia, parecía desvanecerse como niebla sacudida por el viento. Se apostaron entre la maleza, pegados a un flanco del camino, y pacientes aguardaron bajo la luna menguante que ahora sí podían ver en todo su esplendor, su imagen más grande y fulgurante de lo que fuera antes. No corría viento alguno, y parecía no haber vida en la frondosidad del bosque más que la suya propia, pero pronto la tenue luz comenzó a acercarse, y oyeron el ligero murmullo que la acompañaba. La voces que emitían parecían irreales, gruñidos más que sonidos articulados y concordantes. Se acercaban, y conforme lo hacían, el bosque parecía ceñirse sobre ellos. Los altos abetos ondeaban cerrándose sobre el camino a pesar de que Laura seguía sin sentir el más mínimo golpe de viento, y parecía el bosque engullirse a sí mismo de una forma irreal. La niña sintió un fuerte roce en su pierna, Canuflo estaba inquieto, muy inquieto, y comenzó a dar vueltas en círculo como si persiguiera algo, luego se estuvo quieto de repente, y clavó su mirada en algún lugar en el espacio por encima de ellos, como si observara algo con mucha atención. Laura siguió la dirección de su mirada, ella no podía distinguir nada, sin embargo Canuflo mantenía la mirada sobre el mismo punto entre las ramas del árbol justo sobre ellos, inmutable, vigilando con sus iris ambarinos lo que quiera que fuese que había allí. La atmósfera comenzó entonces a llenarse con un inconfundible olor a cera quemada.

La intensidad del murmullo fue en aumento, la comitiva ya casi había alcanzado el punto del sendero donde ellos se encontraban. La pequeña podía distinguir ahora las formas que la componían, y lo que veía era algo sobrecogedor. A su frente, un individuo marcaba el ritmo del cortejo, ataviado con una túnica blanca portaba sobre su famélica mano derecha una cruz de madera de un color pardo y negruzco. Su rostro se ocultaba siniestro bajo una capucha del mismo color níveo que la túnica, pero la débil luz que la luna arrojaba sobre él delataba las facciones de un mentón familiar. Bajo esa misma luz, la túnica parecía cobrar una vida agonizante y tibia, y sobre su pecho resplandecían unos bordados de color dorado y argento que resaltaban sobre un fondo violáceo profundo. Su paso era lento y artero, pero inquebrantable. El insólito individuo, iba flanqueado a su derecha por una vieja de largos cabellos canosos y enmarañados. La palidez caduca de su rostro sugería el agotamiento con que la muerte arraiga en los corazones de aquellos que han vivido y sufrido durante largos años, y sobre sus pliegos se profetizaba un incipiente castigo que pronto daría paso a la vida eterna. Su túnica era de un color difícil de definir, negro como las entrañas del diablo, con los destellos rojizos y enlutados que se muestran en el aciago crepúsculo vespertino, y que parecen hablarnos de un mundo que se extiende mucho más allá de nuestra vida y nuestro entendimiento. A la izquierda del primero, otra figura que por su paso daba la sensación de agotada y a punto de desplomarse, pero que caminaba inexorable. Su rostro también se hallaba oculto por una capucha parda que caía sobre su semblante sin dejar entrever facción alguna, mas quizá fuese la muerte misma, pues sobre su escuálida mano tendida, parecía portar una leve llama que ardiera sin artificio alguno, como si la misma brotase de su propia carne. Era ésta la luz que Laura había visto desde la lejanía, ahora deseaba no haber ido a su encuentro. No haberse acercado a aquel fúnebre peregrinaje.

Tras éstos que la encabezaban, iban al menos otras diez personas, cada cual ataviado con las más variadas prendas; casi todos ellos daban la sensación de ser, o haber sido gente pobre, pues sus ropas se encontraban hechas jirones, rasgadas hasta la última costura, remendadas y zurcidas con desdén. Algunos de ellos vestían sandalias con las que proteger sus pies de los guijarros del camino, otros sin embargo iban completamente descalzos o llevaban viejas vendas liadas hasta los tobillos. Parecían rezar, o gruñir un dolor ininteligible al viento, que ahora sí había hecho su aparición, y era frío como Laura nunca lo había sentido antes. Todos ellos mantenían la misma distancia entre sí, como si cada uno de sus pasos y su rumbo ya hubiesen sido definidos. Pero, a pesar de dar la sensación de saber a dónde se dirigían, ninguno de ellos parecía mirar hacia delante, como si no tuviesen ansía alguna por llegar a ese lugar.
La niña sintió un retemblido a sus pies al tiempo que el grueso de la comparsa pasaba justo por su lado, y del sobresalto soltó un pequeño alarido. Canuflo había dado un respingo, y con un maullido sepulcral, espantado por algún ente diabólico, brincó justo antes de que la pequeña pudiese alcanzarlo, y se embutió entre las sombras que dominaban la profundidad del bosque.

De repente, una punzada de frío helado pareció atravesar su brazo izquierdo, y al volverse sintió un pánico atroz al ver que uno de los miembros de la macabra procesión, habiéndose percatado de su presencia, había saltado sobre ella asiéndole el brazo con una fuerza descomunal. Su rostro era el de una vieja, que se acercaba a ella atisbándola desde el fondo de sus ojos azul grisáceos, unos ojos errantes que le inferían la sensación de que la vieja podía sentirla más que verla, pues parecía su color el color de los ojos ciegos y sin vida que adquieren los ancianos después de muchos años. La niña trató de zafarse, pero la vieja la asía aún con mayor fuerza con sus manos lechosas, arrugadas y llenas de puyas, hasta que tirando de ella la sacó de su escondite entre las zarzas para unirla a la comitiva…

Fin de la primera parte

 

La arrastró hasta el corazón de la misma, y con una benevolente mirada, la invitó a ocupar su lugar junto al resto. Laura, asustada y a punto de gritar, escudriñaba a su alrededor tratando de encontrar un resquicio por el que escapar entre la masa de peregrinos. La mirada de uno de uno de ellos atrapó la suya en su periplo. Era un hombre joven, de unos treinta años, su cabello era negro y unas largas barbas cubrían su semblante, pero resplandecía ésta nacarada como si miles de diminutos copos de nieve hubiesen caído y arraigado sobre ella. Sus ojos eran de un color marrón verdoso, pero una aureola de rojo fuego nimbaba sus pupilas de una forma completamente aterradora, a pesar de que su mirada era ciertamente compasiva. Cuando Laura, completamente excitada por la situación estaba ya a punto de echar a correr, sintió una mano sobre sus cabellos que, más que perturbarla y hacerla gritar de miedo, pareció infundirle una calma inexplicable. Levantó la vista, y observó que la misma vieja que la había forzado a sumarse al grupo, la contemplaba desde el fondo de sus ojos vacíos con gran empatía. Acarició su melena una vez más, y una leve sonrisa asomó a su rostro. La niña se sintió mejor, parecía que no había nada malo dentro de ella, al contrario, diría que intentaba protegerla. Entonces, la vieja alargó su otra mano para tenderle a la niña una vela de color violeta; era gruesa y pesada, así que Laura hubo de sostenerla con ambas manos, y de repente, como por arte de magia, se encendió una chispa de la que brotó una leve llama, que fue adquiriendo intensidad gradualmente hasta brillar por encima de la espesa negrura de la noche. La vieja volvió a acariciar el pelo de la niña, y como animándola a seguir adelante le transmitió sosiego con un gesto de bondad, y luego volvió a fijar su mirada en ninguna parte.

Caminaron un buen trecho, y Laura, aunque más tranquila ahora, y dejándose llevar, miraba hacia todos lados tratando de descubrir cual era naturaleza de lo enigmático que había en todo aquello. Observaba a cada uno de los peregrinos, de los cuales no podría haber dicho si se encontraban totalmente abstraídos, o concentrados en un pensamiento muy profundo que les hacía parecer tan ajenos a la realidad. Nadie, sin embargo, se fijaba en ella. Sólo la vieja, y aquel hombre joven que ya no había vuelto a mirarla desde la primera vez. Se preguntaba quienes serían y a dónde se dirigían, pues su marcha parecía no tener fin. No supo durante cuanto tiempo estuvo caminando, todo era tan irreal como los sueños que recordaba al despertar repentinamente en su confortable cama por culpa de un trueno de tormenta o porque Canuflo había trepado algún objeto de su mesilla de noche mientras jugaba entre las sombras o perseguía algún ratón imaginario. Canuflo, dónde estaría, su gato había escapado justo antes de que ella hubiese sido atrapada y ahora debía hallarse muy lejos, agazapado entre las sombras, junto al lago, o tal vez había regresado a casa y la esperaría tendido en su cama. Se sentiría mucho mejor si estuviese junto a ella, se sentía muy sola entre tanto extraño, en una situación tan turbadora, necesitaba a su amigo para que le hiciese compañía. Trataba de imaginarlo entre las sombras que flanqueaban el camino, en ocasiones le parecía adivinar formas movedizas entre las zarzas o caminando sobre las peñas, y movía su vela para alumbrar en su dirección, pero para cuando lo hacía, la sombra ya se había ido. Canuflo era muy listo, y muy hábil, si estaba ahí se aseguraría de que nadie percibiese su presencia, ni aún ella. Tal vez la estuviese acompañando para protegerla.

Caminaron durante largo rato, hasta que la pequeña sintió que se encontraba en un lugar familiar. A pesar de la inmensa negrura a su alrededor le parecía reconocer el páramo. Observó los sauces llorones a ambos lados del camino, y los montículos de piedra caliza que se apostaban de manera intermitente cada ciertos metros y resplandecían al paso de las velas, y por fin una enorme cruz que hizo saltar la respuesta a su memoria. Recordaba aquellos sauces, pues no se encontraban en ningún otro lugar en la villa, y su abuela le había dicho que lloraban por aquellos que se habían ido; y recordaba también los montículos de piedra porque su padre le había dicho que la piedra caliza brillaba por efecto de la luz lunar, y así decía la leyenda que si en la noche de todos los santos, cuando las almas de los muertos dejan sus tumbas para salir a pasear, alguno, buscando el camino hasta su hogar para volver a ver a su familia se perdiera, las rocas resplandecerían para mostrarle el camino de vuelta al cementerio antes del crepúsculo. Lo recordaba bien porque ella había pensado en qué pasaría si la noche estaba nublada, o la luna llena no se dejaba ver en el firmamento. Trató de imaginar cómo encontrarían entonces las almas el camino de vuelta, si tendrían algún modo de reconocerlo, o se quedarían vagando por el bosque hasta que la luna hiciera su aparición en los días siguientes para mostrárselo. Aquel pensamiento le dio repelús, pues a ella le gustaba ir al lago cada noche; y al año siguiente, por si acaso, después de la noche de todos los santos se cercioró de que la luna brillaba bien alta antes de bajar al lago con Canuflo porque no quería encontrarse con un alma perdida. No habría sabido qué hacer.

Pero lo que la ayudó a desentrañar sin lugar a dudas los entresijos del lugar en el que se hallaba, fue la gran cruz, aquella que daba la bienvenida al cementerio. Al verla, un largo escalofrío sacudió su cuerpecito subiendo por toda su espalda hasta la nuca, pero pronto se le pasó. No le daba miedo el cementerio, el único día que había ido, cuando su padre y su abuela le desentrañaron los misterios de los enigmáticos sauces llorones y las pilas de piedras calizas, fue el día siguiente al de la muerte de su abuelo, y lo recordaba como un lugar tranquilo donde sólo se oía el murmullo del viento filtrándose entre aquellos sauces y el combate que libraban sus ramas al chocar las unas contra las otras en sus fieras sacudidas. Aquella sensación era parecida a la se sentía en la noche junto al lago, y eso no podía ser malo. Sin embargo, al doblar un recodo del sendero y encontrarse con la desvencijada verja que limbaba el mundo de los vivos con el de los muertos, se paró en seco.

No sabía si lo que sentía era miedo, recelo, inquietud, o solamente precaución. Miró a su alrededor a los otros miembros de la comitiva, todos se habían detenido al hacerlo ella, y ahora la observaban con detenimiento, como instándola a continuar. Las pupilas enrojecidas del joven de pelo negro que se apostaba junto a ella, cobraron una vaga intensidad, y la vieja que la había traído se inclinó para susurrarle al oído: “Ya casi estamos allí”. Esto hizo que Laura sintiera que debía continuar, pronto todo habría terminado, y mirando al frente observó como la figura que encabezaba la marcha retiraba los postigos de la verja y la invitaba a entrar. Casi sin quererlo, pero con seguridad, la pequeña dio un paso más, y luego otro, hasta rebasar la entrada al camposanto.
Todo estaba tan calmo, y el silencio, dueño y señor del lugar, se alzaba con tal religiosidad, que la niña sintió que estaba en el lugar adecuado. Los nichos se elevaban del suelo apilados como majestuosas reliquias de tiempos ancestrales, y al pasar junto a ellos, la luz de la luna, que ahora volvía a ver resplandecer en las alturas, brillaba sobre las lápidas y los jarros plateados que enjugaban las flores frescas. A Laura le pareció un espectáculo precioso. Sobre una de las formas de mármol, la niña reconoció un retrato familiar, aquel era el nicho de su abuelo, no podía olvidarlo, y al pasar junto a él, le sonrió, y sintió que alguien la saludaba desde dentro. Se sintió feliz.
Se había levantado algo de viento, y los altos sauces marcaban un macabro compás en sus sacudidas, como una banda funesta y altruista dirigida por una fuerza mayestática que desde otro mundo le diese la bienvenida. Continuaron su camino, ella seguía observando los diferentes colores que decoraban las lápidas y leyendo sus inscripciones, todo aquello le resultaba cada vez más familiar. Por un momento, le pareció que una sombra se movía en lo alto de los nichos, trató de seguirla con la mirada, pero ésta menguó hasta formar parte de la propia oscuridad, tal vez habrían sido imaginaciones suyas.

Doblaron por fin la última esquina, el camino en esta parte parecía aplanarse, ser más consistente, y el paso del grupo se volvió más firme. Al final del tétrico pasillo de la necrópolis se distinguían varios nichos, pero tan sólo dos de ellos parecían tener dueño, aquel muro debía ser muy nuevo, pues apenas estaba habitado. Laura reconoció una lápida de mármol negro sobre la que destacaban unas letras plateadas que sugerían un nombre, una fecha, y un epitafio. Tres nichos más allá, una bella lápida de alabastro llamó la atención de la niña, le pareció una lápida preciosa. Era de color blanco, contorneada por ejecuciones cinceladas que semejaban un círculo de mariposas y flores rodeando un estanque en calma. A Laura le encantaba el alabastro, tenía en su habitación montones de pequeños guijarros que había recogido cerca del lago, donde solía haber muchos. A la pequeña le encantaba su color vidrioso y su tacto, a un tiempo suave y áspero. Cuando cumplió seis años, su padre le regaló una pareja de gorriones tallados a mano sobre alabastro rosado que ahora decoraban su mesita de noche. Sintió ganas de estar en casa, arropada en la cama junto a Canuflo, observando sus pequeños gorriones y fantaseando con el juego de las luces y sombras que la luna, al pasar entre los árboles que lindaban su casa, dibujaba sobre las paredes de su habitación. Viendo las sombras moverse en el interior, trataba de imaginar lo que estaba ocurriendo fuera. Desde la vuelta de los pájaros al nido donde guarecerse de la lluvia, hasta las salamanquesas que discurrían por el cristal de su ventana a la caza de algún insecto Quería estar allí, le daba mucha pena estar tan lejos de casa, y de Canuflo. Y quería volver a abrazar a su madre, y que su padre la cogiese en brazos como solía hacerlo, y que su abuela volviese a contarle alguna de esas historias tan extravagantes que cuentan los viejos de noche junto al fuego y que a ella le divertían tanto. Recordaba que cuando su abuela comenzaba a moverse representando el papel de los personajes de la historia que contaba, su cómica silueta se recortaba contra el techo del salón, y a ella le parecía que fuese un ente monstruoso de otro mundo el que, reflejado en el techo, le contaba las leyendas de su mundo para después desaparecer hundido en el butaca. Ojalá su abuela volviese a contarle alguna de aquellas historias…

La comitiva se detuvo justo en este punto. Aquél que encabezaba la procesión dejó la cruz que portaba en su mano derecha sobre el nicho vacío situado junto al que se veía custodiado por la lápida de alabastro, y luego, dirigiéndose hacia éste, desprendió la lápida tirando de ella con todas sus fuerzas y la dejó apoyada en el suelo contra el muro. Entonces los demás se acercaron, Laura quedó detrás sin entender lo que estaba ocurriendo. Oyó un ruido sordo, el sonido de la madera pesada deslizándose sobre la piedra, y para cuando todos le abrieron paso, la pequeña se dio cuenta de que el ataúd que descansaba en el interior del nicho, se hallaba ahora en el suelo. Mientras todos la observaban, la siniestra silueta vestida de blanco, la invitó a acercarse. Laura no sabía qué hacer, y de pronto sintió unas profundas ganas de llorar. Observó a unos y a otros, todos esperaban a que se adelantase, y por fin, reuniendo todas sus fuerzas, se acercó hasta el individuo de la túnica blanca que la esperaba junto al ataúd. Al llegar junto a él, éste se arrodilló, y soltando los pestillos del féretro deslizó la tapa para mostrarle a la pequeña lo que yacía dentro.
Cuando la niña vio su pequeño cuerpo tendido en su interior, con los ojos cerrados, las manos sobre el pecho, el rostro angelical vestido de blanco, rompió a llorar como nunca lo había hecho antes. Ella lo sabía, lo sabía, de alguna manera, aunque no lo recordaba. Sus lágrimas rodaron inconsolables por sus mejillas, ahora estaba segura de que nada volvería a ser igual, que jamás regresaría a casa, que no volvería a ver a su familia, y su cuerpo se llenó de pena, y de deseos de que aquello no estuviese ocurriendo, ella no quería irse y dejar atrás todo lo que amaba. La silueta de la túnica blanca, al ser testigo del profundo dolor que colmaba el corazón de la pequeña, tendió sus manos sobre los hombros de ella, y al acercarse, la capucha se deslizó lo suficiente para que Laura pudiera reconocer la imagen cuyo mentón ya antes le había parecido tan familiar. Con una expresión de profunda compasión, la luz de la luna bañó el rostro de aquella figura para descubrir unos ojos llenos de amor y ternura, y luego la abrazó con tanta pasión que la pequeña sintió que le dolía el alma. Era su padre. Ella no sabía por qué, pero lo único que importaba era que estaba allí, y que había vuelto a estrecharla entre sus brazos justo antes de levantarla, y devolverla a su ataúd. Antes de cerrarlo, su padre cogió el crucifijo que antes portase en sus manos, y lo puso junto a ella. La pequeña aún lloraba, pero ya no se sentía tan mal. Mientras los miembros de la compaña volvían a deslizar el ataúd hasta el fondo del nicho con ella dentro, la niña pensó que ahora ya sabía lo que pasaba con las almas perdidas que no encontraban el camino de vuelta, la santa compaña los devolvía a su lugar.

Justo antes de colocar la lápida, una sombra negra y veloz saltó desde uno de los nichos próximos y se deslizó hábilmente hasta el interior, y una vez que el sepulcro quedó sellado comenzaron los cánticos en el exterior:

“Caminen los vivos al despuntar día,
sea la noche eterna, y sólo mía;
hallaréis pronto singular descanso,
ya en el monte se dibuja el ocaso”.

Laura oía estos cánticos, y aún sentía una profunda pena por todas las cosas y las personas a las que tanto iba a echar de menos. Pasear por el bosque junto a su padre, ayudar a su madre con las tartas de bayas silvestres y los zurcidos de las zapatillas que de tanto jugar tenían que remendar una y otra vez; las entretenidas historias de su abuela, el rumor del viento entre los árboles, el murmullo del agua, sus figuras de alabastro, las noches junto al lago. Sin embargo, había algo que no tendría que añorar. Justo antes de dormirse eternamente, la pequeña sintió unos golpes juguetones sobre el ataúd, y pronto un agradable ronroneo que le hacía saber que no estaría sola…

Afuera, poco a poco, los miembros de la santa compaña fueron ocupando cada uno su lugar en el camposanto. Todos excepto el padre de la pequeña, que por fin pudo regresar a casa junto a su esposa, y descansar. El día siguiente despertaría con esperanza e ilusiones renovadas, su vida debía volver a ser la de antes, y jamás recordaría nada de lo que había ocurrido aquella noche en que había devuelto el alma de su propia hija al lugar que le correspondía.

 FIN

Una noche en Whitechapel (1ª parte)

El tiempo apremiaba. El cirujano extrajo el bisturí de su maletín de trabajo y se dispuso a comenzar la operación. El primer paso fue hacer un corte profundo en la zona abdominal izquierda de la paciente, la cual se encontraba tendida en el suelo, inmóvil. Sabía que no tenía mucho tiempo. Miró a lo largo de la calle, no había atisbo de vida alguna, ni tan siquiera un gato curioso que observase atento desde los cubos mientras recuperaba algo de comida de la basura, sólo el largo y sombrío callejón de Buck´s Row ahogándose en las sombras, y el silencio más sobrecogedor. Lo único que rompía este mutismo de vez en cuando era el sonido de los trenes que arribaban y partían desde la estación que quedaba a sus espaldas. Pocas eran las almas que se atrevían a recorrer en soledad aquellos inmundos callejones durante la noche como no fuera malolientes borrachos tratando de encontrar otro bar o fumadores de opio en busca de un fugaz alivio a su adicción. Esto le hizo recordar el profundo asco que le profería aquella zona de la ciudad, un infierno dejado de la mano de Dios y de las autoridades donde sólo la miseria, la podredumbre, las ratas y las putas parecían proliferar. Estas últimas en particular se contaban ya por decenas.

Hizo una nueva incisión. Ya faltaba poco para terminar, la paciente no parecía mostrar respuesta alguna a los cortes. Hasta hacía un instante sus gruñidos y sonidos guturales habían dado cuenta de la vida que aún quedaba en ella. Ahora por fin parecía haber muerto, o eso o se le había llenado la garganta de sangre. El cirujano prosiguió la operación sin prestar atención a este hecho, un único motivo movía su voluntad y sus manos, que parecían ahora acariciar desde la punta de su instrumento el vientre de la meretriz.

Se habían conocido solo unos minutos antes, en la esquina de Osborn street con Whitechapel road. No se podía decir que fuese una mujer atractiva, pero en una cloaca como los Spitalfields de Londres tan buena era para su profesión como podía serlo para el propósito que en esta noche en particular movía a su cliente. Era castaña, aunque sus cabellos revelaban una decoloración inminente; de mediana estatura, su piel era blanquecina y una mera ojeada a su rostro daba una idea de la profunda miseria a la que una mujer de tal clase se veía obligada en un lugar de aquellas características. A nadie que la hubiese visto una hora antes le habría extrañado que aceptase la estrambótica proposición de su cliente a cambio de una libra, dinero que bien administrado sería suficiente para comida, bebida y cama durante algunos días. Tampoco su edad era demasiado atractiva, pues bien rondaría los cuarenta. Tenía un color de ojos tan extraño que el individuo, con tan vaga y difusa luz, no fue capaz de descifrar, aunque habría podido describirlo como el color de la tristeza y la insustancialidad; acaso se debía esto a que la vida la abandonaba de manera incipiente. Su imagen era en verdad descorazonadora. Por un momento el cirujano casi sintió piedad de ella al verla tendida de aquel modo. Ni siquiera había tenido tiempo de reaccionar, solo se habían adivinado en sus ojos el horror y la estupefacción repentinas cuando las manos del cirujano, después de un golpe seco, cayeron sobre ella y le rodearon fuertemente el cuello al doblar la última esquina. Seguramente para cuando comenzó a degollarla ya estaba inconsciente.

De ninguna forma podía haberlo visto venir. Él era un hombre refinado, de buen talante y con cierta cultura, según delataban sus modales y sus expresiones. Uno de tantos que rondaban las pútridas calles del distrito de Whitechapel cuando querían deshacerse por una noche de cuanto conocían y dar rienda suelta a su locura en barrios marginales que de ninguna forma pisarían durante el día a riesgo de ser vistos por algunos de sus semejantes. Pues los vicios no sólo afectaban a los que se veían más inmediatamente cercados por ellos, sino que traía a gente de todas las clases y desde todos los puntos de la ciudad hasta el mayor vertedero de delincuencia y depravación de Londres. En este mugriento, sórdido y enfermizo arrabal, grandes empresarios se ahogaban en el alcohol y las drogas, relegados sus modales y sus pautas de comportamiento y apariencia a una pantomima de vocablos indescifrables que los convertían en grotescas caricaturas de sí mismos cuyas voluntades y formas eran manejadas al antojo de los degenerados proveedores de opio de la zona. Y no solo eso, autoridades, escritores, personalidades y eminencias que derramaban sus babas sobre los pechos de las furcias que gobernaban las esquinas de Brick Lane y todos sus alrededores. “¿Por qué iba él a ser diferente? –debió pensar Mary Ann-.“ Solo buscaba diversión. Uno de tantos tratando de olvidar por unos momentos las buenas formas a las que se veía obligado continuamente; alguien que buscaba consolarse acometiendo actos que condenaría frente a los que estaban acostumbrados a su trato diario, algo que ella podía ofrecerle a cambio de unas menesterosas monedas con las que sobrevivir. Ahora ya no importaba, estaba muerta. Se había llevado una lección, lo único que parecía incomodar al doctor era que seguía apestando a ginebra. Y ese gorro… ni tan siquiera buen gusto tenía aquella borracha.
Su asesino se esmeraba con los últimos detalles, unos cortes horizontales en la zona baja del abdomen y el cuerpo estaría casi listo para ser… Maldita sea, alguien parecía acercarse. No podía distraerse en su tarea. Seguramente sería solo un borracho desorientado buscando compañía. Prosiguió durante un segundo, pero al instante se oyeron los pasos más cercanos, y las risas de más de una persona parecieron acompañarlos. No podía ser visto de ningún modo, eso arruinaría su plan por completo, era un riesgo que no podía correr…

Fin de la primera parte.

 

Una noche en Whitechapel (2ª parte)

Rápidamente se irguió y permaneció atento para comprobar de dónde provenía el sonido, logró distinguir una difusa luz que se aproximaba, no tenía mucho tiempo, pero la niebla era un magnífico aliado. Puso unos pequeños apósitos sobre las incisiones para no dejar rastros demasiado visibles de sangre. Acto seguido se anudó la chaqueta a la cintura, cogió el cadáver en sus brazos y caminó lo más rápidamente que el sigilo, la prudencia y el peso de aquella condenada mujer le permitieron hasta doblar la esquina.
La luna menguaba sobre Buck´s Row, que se encontraba totalmente en penumbra. La titubeante y lejana luz de una lámpara de gas era toda la iluminación que había en la calle, demasiado pobre para delatar su propósito, pero también para llevarlo a cabo. El asesino llevó el cuerpo hasta un lugar donde no fuera visible, se detuvo junto a unos establos y miró en ambas direcciones. Mientras se agachaba de nuevo sobre el cadáver de la mujer volvió a oír un ruido, esta vez algo más lejano. Debía darse mucha prisa si no quería que todo se echara a perder, le había llevado mucho tiempo planificar el asesinato como para tener que huir y dejarlo a medias. Levantó las faldas de la mujer y quitó los apósitos para continuar con su trabajo…

Aquella noche había sido propicia, y el lugar inmejorable. Ahora que se paraba a pensarlo no era capaz de entender cómo esa mujer se había dejado convencer tan fácilmente. Es cierto que no se podía sospechar de él; cierto que la gente estaba completamente depravada y las fantasías de ciertas personas podían llegar a ser tan macabras o extravagantes como la que él le había propuesto a aquella mujer, y tal vez ya estaría acostumbrada; cierto que estaba completamente borracha y necesitada, pero aún así no alcanzaba a comprender los motivos por los que una persona sana podía acabar con tan fútil estima y tan absurdo concepto de sí misma como para verse envuelta en la vorágine y en la degradación que se vivía y sufría en los Spitalfields, aceptando propuestas tan absurdas e inconcebibles como la suya, conviviendo con las ratas y el cólera. Tal vez era por su carácter, por su fuerza, tal vez porque éstas mismas le habían llevado a una situación tan distante de la que allí vivían aquellas gentes que no era capaz de ponerse en su pellejo. Pero en cualquier caso le provocaba repugnancia, le provocaba una sensación en las entrañas que no podía ni quería describir, sólo obviar. Aquello tenía que salir bien, tenía que salir a la primera, no quería tener que volver esa inmunda cloaca, no quería tener que volver a tratar con gente de esta calaña, no quería tener que volver a sentirse así. Sin embargo…
Eran justo las 3:35 de la madrugada cuando un repentino bullicio y la llegada del incipiente amanecer obligaron al cirujano a dar su obra por concluida antes de haberla completado. Se lamentaba por el contratiempo que le había supuesto perder un tiempo precioso, no tendría más remedio que buscar una nueva oportunidad, él se encargaría de encontrarla, ese no era el problema. Ahora debía huir sin ser visto, nada era más importante. Pagaría por el asesinato de una prostituta el mismo precio que por el de cualquier persona respetable, a pesar de que solo era un residuo social; parte necesaria de un engranaje mucho más grande e importante de lo que podía parecer aquello a simple vista. Tenía la bata completamente llena de sangre. Se la quitó y la metió en su maletín hábilmente antes de volver a ponerse la chaqueta. Echó un último vistazo al cadáver y aún tuvo el impulso de volver sobre él. No podía, era demasiado tarde. Y así, con la calma propia de quien nada ha hecho de lo que deba arrepentirse, comenzó a caminar en dirección oeste para después girar en hacia el sur por Fulbourne Street en dirección al London Hospital.

En aquel oscuro y lóbrego callejón, hoy llamado Durward Street, lejos del interés o la atención del mundo, acababa de morir la primera de las “canonical five”, y en Londres comenzaba a forjarse una leyenda. Sería este asesinato el detonante de toda una serie de crímenes y acontecimientos que acabarían por poner de manifiesto ciertos aspectos de la orgullosa metrópolis en la que se afincaba la caprichosa y elegante aristocracia de la sociedad victoriana de finales del siglo XIX que no fueron del agrado de los altos cargos; y que tendrían una repercusión en el tiempo y en los medios en aquel día impredecible. El morbo y la histeria colectivos se extendieron como una plaga mientras Scotland Yard, incapaz e impotente, veía caer todo un recital de cuerpos desmembrados en las calles del barrio más pobre de la ciudad durante finales del verano y otoño de 1888 sin ser capaz de poner fin al reguero de terror, ni rostro al asesino a pesar de emplear en ello todo el peso de sus fuerzas del orden. La mórbida atmósfera que se generó en torno a todo el caso dejaría entrever a nivel mundial los más indecorosos y sórdidos secretos del East End de la ciudad. Un lugar apartado de la pudorosa y represiva idealización social de la sexualidad cuya población, en su mayor parte prostitutas y proxenetas en toda su opulencia, ponía el contrapunto a la prosperidad de la que el país tanto se jactaba y enorgullecía. En una época en la que las consecuencias de la revolución industrial se palpaban más que nunca y en la que la monarquía constitucional se abría paso entre las masas; en la misma época en que William Booth predicaba su doctrina e inspiraba a su ejercito de salvación, a tan solo unas calles de su sede, se perpetraba el primero de una serie de crímenes que darían a conocer a un asesino que trascendería a su época y resistiría el envite de cientos de hipótesis y absurdas sospechas en los decenios por venir.

Sin embargo, en su corto trayecto hasta el hospital, al tiempo que dos hombres daban la voz de alarma sobre el cuerpo de la desventurada Mary Ann Smith; Jack, que veía asomar el sol por el lejano horizonte de Whitechapel road, sólo podía pensar que todo había salido mal. Su banquete tendría que esperar.

Se echó mano al bolsillo y notó un bulto. Por un momento lo había olvidado, aún tenía sus dientes.

 

FIN

 

Y ser enterrado en este mundo en el que debería haber nacido, bajo la inquieta mirada de la tenue luz. Aquí reposarán mis manos, y mi cuerpo, y dormirá mi alma para volver a despertar cuando ya no quede nada y el sol lo cubra todo, pues no quedarán entonces resquicios de incertidumbre donde pueda refugiarse la sombra de nuestro pensamiento, y seremos libres entonces.

EL ALJIBE. Madrugada del 07 al 08/11/07

No recuerdo mucho de la pesadilla que me ha asaltado durante la pasada noche, pero la sensación de estremecimiento y pavor que tenía al despertar, esa no creo que pueda olvidarla.
Recuerdo que había ido a visitar a mi hermano a un colegio en el que se encontraba cursando ciertos estudios, en una ciudad diferente a la mía. Un compañero venía conmigo, no recuerdo de quién se trataba. Para llegar al colegio tuvimos que serpentear por las lóbregas y laberínticas callejuelas de la parte antigua de la ciudad, cuyas características bien podrían recordar al Madrid del Siglo XV, por lo poco que sé de ella. O tal vez se tratase de una mezcla de ésta combinada con el tipo de ciudad gótica, de edificios de piedra mutilada y amarillenta, sumida en una atmósfera cargada y vaporosa que se rescatase del fondo del inescrutable subconsciente y que aflora en este tipo de sueños. Este vapor pesumbroso caía sobre nosotros entumeciéndonos los miembros y despertando en nuestro interior un sentimiento de desazón sin justificación aparente.
Cuando llegamos a la dirección indicada descubrí, para mi terrible sorpresa, que el edificio, el cual esperaba yo que se tratase de un colegio en la forma que todos nosotros podríamos imaginar, era en realidad una iglesia. Recuerdo que sus paredes de piedra ennegrecida se hallaban adornadas por todo tipo de ejecuciones al más puro estilo gótico, sin vidriera alguna ni cualquier otro tipo de materia o atavío que no fuese roca firme. La cremosidad embriagadora de la atmósfera que anegaba los callejones parecía supurar y derramarse por sus muros.
Llamé a la puerta. El individuo que salió a darnos la bienvenida iba vestido con un hábito, como el hábito marrón oscuro de textura aterciopelada que usaban los monjes largo tiempo atrás, pero parecía éste teñido de un agonizante manto de espesa negrura que flotase sobre él asemejándolo más a algún tipo de secreción sobrenatural que a cualquier material conocido. Sin mediar palabra, el extraño sujeto, cuyo rostro no me permitía ver el enorme capuchón que caía sobre él, agraviado esto por la posición ligeramente inclinada de su cabeza, nos condujo hacia el interior.
Una vez dentro, lo primero que atrajo mi atención fue el sórdido aspecto del colegio. No se semejaba en nada a lo que habría cabido esperar tras ver la luctuosa fachada, pero tampoco a un colegio propiamente dicho. Aunque la roca continuaba formando parte de la estructura, enormes vigas de madera raída y ennegrecida cubrían el techo de los pasillos, y caían sobre las paredes dibujando toda una amalgama de extravagantes formas sobre ambos flancos.
Atravesamos un largo corredor en la más voraz penumbra, pues apenas llegaba resquicio alguno de luz natural a aquella profundidad, y tomamos otro pasillo, aún más lúgubre y mucho más estremecedor que el anterior. A medida que nos adentrábamos en las sombras de aquellos foscos e interminables corredores, siempre liderados por aquel “monje”, el sentimiento de mi desazón se acrecentaba. Era como si el vapor del exterior se filtrara por todos los recovecos tratando de alcanzarnos y devorar nuestro sosiego. Mi corazón comenzó a palpitar con fuerza, y la sensación de encierro provocada por la estrechez ahogadiza de los muros, unida a la falta de luz, una luz que quería abrirse paso entre las inexpugnables sombras de manera exigua y enfermiza, y a la somnolienta atmósfera reinante, comenzó a agitarme y a fundirse en una pesadez que parecía reposar sobre mi cuerpo. Yo me encontraba nervioso, muy nervioso, y asustado. A lo largo de los corredores habíamos dejado atrás varias puertas de madera que conducían, supuse, a las estancias. Llegaba hasta cada una de ellas deseando que fuese la puerta final, y quedaba en vilo esperando que el monje se detuviese ante ella, pero cuando éste la sobrepasaba, mi corazón batía la sangre con mayor intensidad. Parecía que aquel trayecto no fuese a terminar nunca.
Entonces el monje se detuvo, de repente, quedando inmóvil. Era como si hubiese sentido mi turbación, y este inexplicable acto llevó mis nervios a la zozobra. No habría sabido decir si mis sensaciones le habían asustado, ofendido, o si por el contrario se relamía de gusto con ello, pues no podía ver su rostro ya que se encontraba aún delante de mí, dándome la espalda. Mi compañero, que marchaba a mi derecha, un poco retrasado, y yo, nos habíamos detenido tras él, y por un instante sentí un profundo temor a que se girase.
Prosiguió la marcha sin embargo, de nuevo sin mediar palabra alguna, y nosotros le seguimos. Una vez llegados a este punto, yo me encontraba al borde del desfallecimiento por la tensión. Lo más extraño de todo era que desde que habíamos entrado en el recinto, habiendo recorrido los largos pasillos durante minutos, no nos habíamos cruzado con nadie, ni habíamos oído voz alguna de ser viviente en aquel lugar demoníaco, ni tan siquiera un lejano eco. No se oían ni nuestros propios pasos. Pensé entonces que, de haber querido gritar para pedir ayuda, aunque mi voz atajada por el miedo y la tensión hubiese sido capaz de salir de mi garganta en busca de auxilio, mis alaridos se habrían asfixiado en la delgadez y la longitud inmunda de aquellos pasadizos.
Entonces el monje se detuvo de nuevo, esta vez junto a una puerta, y al detenerse él, sumido como me encontraba yo en mis terribles pensamientos que casi motivaban un impulso visceral, a punto estuve de saltar de espanto. La puerta junto a la cual nos habíamos detenido no era como las demás. Tenía la mitad de altura que un cuerpo humano medio, y era de hierro, adornada por una cenefa que la cruzaba en diagonal desde el vértice superior izquierdo hasta el inferior derecho. El dibujo de la cenefa era indescifrable.
El extraño individuo tiró de ella, y al girarse y ponerse de perfil descubrí que en su mano izquierda sujetaba una vela, y la luz que emitía parecía moverse sinuosa, sumiendo las facciones de su boca y su barbilla en un fantasmagórico juego de luces y sombras, a pesar de que yo no podía sentir corriente de aire alguna. Su rostro parecía ser blanco, pero un blanco amarillento e infecto, y sus manos estaban pobladas de costras y heridas que supuraban, similares a las cicatrices de la lepra. Esto ya era espantoso, pero lo más extraño era que yo no recordaba que él portase vela alguna cuando comenzáramos el recorrido, y éste no había sido iluminado en punto alguno. Parecía como si la vela hubiese aparecido en sus manos como un terrible presagio para mostrarnos la garganta de sombras que descendía en accidentados escalones tras la puerta de hierro. Un fétido y repulsivo hedor que parecía embriagarnos con su pestilente aroma trepaba desde el fondo de aquel abismo. El monje, con un gesto de aprobación, nos invitó a bajar.
Yo entré primero, con gran cuidado de no tropezar, pues esto me habría arrastrado irremediablemente a una caída que acaso no tuviese en aquella negrura inescrutable fin alguno, y a cada paso dejaba caer mis pies con una pesadez inhumana, creyendo que al poner pie encontraría tal vez un foso que me conduciría a una muerte anunciada. Mi compañero entró tras de mí, y mi espanto creció al ver que tras nosotros moría la tenue luz de la vela que sostenía el monje. Lo último que vi durante algunos instantes fue la quiebra mano del penitente al cerrar la puerta tras nosotros. Él había quedado al otro lado.
No es necesario decir que, en lo incomprensible de la situación, mis nervios se hallaban encumbrados en un estado exacerbado de alteración que casi me arrastraba hasta la locura. Lo único que podía oír en el seno de aquel silencio sepulcral, eran los latidos vociferantes e impertinentes de mi propio corazón.
No cabía hacer otra cosa que seguir descendiendo, y así lo hice, seguido por mi compañero, sopesando cada paso que daba, asegurando un escalón bajo cada uno de mis pies antes de avanzar. Mi compañero me seguía de cerca, debía estar tan nervioso como yo, deseoso de salir de aquel nido de sombra y tormento. Avanzábamos los dos con la esperanza de llegar por fin a alguna parte. Cada veinte escalones había un rellano, y entonces un giro a la derecha de noventa grados. No recuerdo cuanto tiempo transcurrió mientras nos sentíamos sofocados por aquel insondable velo de tinieblas, pero recuerdo el frío como si aún lo sintiera. Un frío del que apenas fui consciente en un principio debido a mi febril estado de excitación. La temperatura seguía descendiendo a medida que avanzábamos por aquella escalinata, y el hedor se hacía más fuerte e infesto, y los muros parecían encogerse y estrecharse sobre nosotros a cada paso… Todo esto, sumado a la incertidumbre de llegar a parte alguna… ¡de no llegar ya! Mis manos temblaban al aferrarse a la húmeda y melancólica roca de los muros, y mi sangre creo que quedó sobre ellos debido a la fuerza con que me agarraba en mi descenso temiendo una incipiente caída.
No sabría describir la gratitud ciega que sentí, el alivio impetuoso, el anhelado consuelo, al vislumbrar por fin, en el siguiente rellano, una mortecina luz. Fuera donde fuese, estábamos llegando a alguna parte. Cubrimos el espacio que nos separaba del rellano, y al llegar a él, la luz cobró algo de intensidad. Provenía de un ventanal que se hallaba al final de la última hilera de escalones, y la exigua luz era la de la luna llena, sin duda alguna. Lo que no alcanzaba a comprender era cómo a aquella profundidad podía llegar fracción alguna de su luz.
La última bajada era de unos treinta escalones, y al fondo, bajo el espectral ventanal, se apreciaba un rellano mayor, fantasmagóricamente iluminado. La hediondez, a esta profundidad, era ya insoportable, y pude descifrar que se trataba de aguas, aguas estancadas y putrefactas de una pestilencia inefable. A pesar del frío, yo estaba sudando, y debido al empuje de mi agonía me lancé a cubrir el último tramo con gran desesperación. ¡Ahora podía ver donde pisaba! Mi compañero me seguía de cerca, tan ansioso como yo de hallar fin cualquiera a tan escalofriante trayecto.
Conforme llegaba al final de la escalera mi respiración se aceleró buscando el aire con mayor avidez, y mi paso, lanzado por el ansia de llegar al fin de todo esto, más inseguro, pero no por ello me detuve, no habría podido aun de haberlo querido así, pues mi cuerpo parecía ser empujado a las entrañas de aquel talud por una fuerza interior que en nada había de ver con mi voluntad. Creo incluso recordar que, faltándome tres o cuatro escalones para terminar el trayecto, solté un gemido a causa de la excitación. ¡Ya había llegado!

Mi corazón pareció menguar en su desconsuelo al comprobar con espanto lo terrorífico del lugar en el que nos encontrábamos. Era una sala tan fría y apagada como podía habernos hecho imaginar el camino que hasta ella nos había llevado. Era como una mazmorra de tiempos inmemoriales abandonada en el seno de la nueva civilización excepto por un detalle que me pareció a la vez que sorprendente y peculiar, tremendamente repulsivo. Detrás de nosotros, como oculto tras el muro que habíamos dejado a la izquierda en nuestro último descenso, había un aljibe de aguas pantanosas. Unas aguas cuya superficie estaba cubierta de gusanos y otras criaturas vermiformes de todas las clases que se pudiera imaginar, todos ellos de un color blanquecino y asqueroso, flotando sobre ellas.
El hedor era nauseabundo, el horrible espectáculo que se ofrecía ante nosotros, de todo modo incomprensible y atenazador. Mi rostro debió palidecer entonces, y a punto estuve de desmayarme al pensar que habíamos sido encerrados en aquel mustio y sombrío lugar para que nuestros huesos fuesen testigos desde tan siniestro palco del devenir de todos los tiempos, o con fin del propósito de un perturbado que no podíamos ni queríamos imaginar. Llegados a este punto recuerdo haber llorado.
Pero lo más funesto y aterrador, la sensación más estremecedora y angustiosa que alma alguna pueda soportar en vida, y que de por vida me perseguirá, pues ni el batir de todos los tiempos de este mundo ni del otro me harán olvidar; esa aguda sensación de terror recalcitrante y terco que aún llevo adherida a los huesos, vendría definida por los acontecimientos que se sucedieron a continuación. Acontecimientos que, atendiendo a la razón humana y al sentido común, pueden parecer absurdos, y sin embargo, aunque yo aún hoy tengo mis dudas al respecto por lo increíble la situación, ocurrieron de este modo:

Encontrándome yo aturdido y siendo víctima de un abatimiento que cualquiera que en su mente sea capaz de recrear las terribles escenas que describo podrá entender, creí oír un chapoteo, un ligero rumor de agua en movimiento, y rápidamente, despabilados mis sentidos, alerta a causa de la turbación y el recelo, me alejé del agua en dirección al ventanal. Mi compañero se hallaba a mi espalda, y podía oír las vibraciones de sus huesos al temblar. Aquel chapoteo ganó en intensidad y en cercanía, hasta que por fin pude apreciar cómo se acercaban las ondas de agua hasta el extremo próximo a nosotros, levantando en su aleteo a los insectos que encontraba a su paso, los cuales comenzaron a moverse en una danza inquietante de asquerosa viscosidad. Acto seguido, se distinguió sobre el velado fondo del aljibe una silueta, una silueta con apariencia humana, que se acercaba con paso adormecido. Cuando aquella figura se aproximó un poco más, meciendo los gusanos en torno a ella al abrirse paso; cuando la vidriosa y deleznable luz entrante avivó el tono de sus facciones al bañar levemente su rostro… el corazón se me paró… ¡se me paró en un puño! Y juraría que durante algunos minutos no hubo pulso alguno que regara mi cuerpo, hasta que estalló mi corazón de pronto, recorriendo la sangre estrepitosamente y en un suspiro todos los recovecos de mi anatomía, lo cual me provocó un leve mareo al tiempo que volvían a asomar las lágrimas en mis ojos. No lo comprendía, no comprendía nada de aquello, no podía reaccionar, no podía moverme; el miedo, la incomprensión, la ira, el desconcierto, la consternación ¡todos y cada uno de ellos sometieron mi cuerpo a un estado febril de emoción y desvarío! No pude moverme un ápice, hasta que la figura habló. Y cuando habló sonó su voz con la tristeza más profunda y desgarradora que pueda concebir alma humana: “Hermano –dijo, y nada más.”
Al punto caí sobre mis rodillas. No podía creer nada de lo que estaba viendo. Me encontraba extenuado por el horror, dueño éste de mi alma, toda ella, al ver como mi propio hermano se acercaba al borde del aljibe, habiendo surgido de entre sus aguas, pálido como la nieve, con los labios y los ojos vestidos con los tonos malva que sugieren la muerte, cubierto de gusanos, pero aun así ¡vivo!
Me acerqué a él en cuanto pude mover un miembro. Me acerqué. Necesitaba que me explicase, necesitaba comprender, necesitaba abrazarlo… mi compañero quedó tras de mí, petrificado. No me atrevía a tocarlo, no me atrevía…
– ¿Qué te ha pasado? –pregunté.- ¿Qué haces en este lugar?
– Estoy castigado –fue su única respuesta, cabizbajo.
– ¿Castigado cómo? ¿Cómo así? ¿Qué clase de castigo es este? –musité.
– Es lo normal –sólo eso me dijo, con tierno gesto de disculpa, como arrepentido.

Yo quería sacarlo de allí, llevarlo conmigo, pero él no me habría dejado. Me dijo que debía cumplir su castigo, y por tres días más habría de permanecer allí. Y su voz sonó tan triste como yo jamás la había oído. Sonó como si no fuera su voz, como si fuera la voz de la caducidad que suena perecedera desde la ultratumba más que la suya propia, pero lo era, yo la reconocía, lo reconocía a él. Aun con el rostro bañado por la palidez mustia de la muerte, casi desfigurado, no había duda, él era mi hermano.
– ¿Acaso no hay forma de sacarte de aquí? ¡No pueden hacerte esto! –las lágrimas anegaban mi rostro. Su expresión de resignación, y de acatamiento en unas condiciones infrahumanas como eran aquellas a las que se encontraba sometido; su tristeza, que yo era capaz de sentir a pesar de no ver sus ojos, pues seguía cabizbajo, avergonzado de que yo le hallase en semejantes condiciones, como si en verdad hubiese cometido acto merecedor de tan cruel castigo, eran inconcebibles. Nada podía haber hecho que mereciese aquello ¡Nada! Él era mi hermano, mi sangre, mi carne, mi cómplice, mi amigo… Anegada mi alma por un huracán de irracionalidad, sentí como todas mis anteriores emociones, mi miedo, mi nerviosismo, las sombras de duda o aprensión que antes hubiesen sido dueñas de mi carne, se condensaban todas ellas convirtiéndose en una ira ciega, desesperada, impetuosa e irrefrenable cuyo único objetivo era sacar a mi hermano de aquel estrambótico paraje, y descargar mi venganza contra aquellos los responsables de tal atrocidad. Si habían cometido acto más vil que hundirle en aquel foso inmundo había sido el haberle hecho creer que lo merecía.

– Sólo hay una forma –dijo, y levantó su mano, que surgió de entre las aguas débil y macilenta, mientras los gusanos se escurrían desde su reverso, para señalar algún punto a mis espaldas. – Tienes que traerme aquella cruz.

Me giré sobre mí mismo y, tras la silueta de mi compañero, sobre el ventanal de piedra, pude distinguir la forma de una extraña cruz. Era parecida a una cruz cristiana, pero de proporciones desiguales y con cúspides en los extremos.
Rápidamente me puse en pie decidido a arrancar aquella cruz de la piedra para llevarla hasta mi hermano, sin saber qué podría hacer con ella. Avancé, y al pasar junto a mi compañero mi instinto pareció advertirme de algo extraño, pero no podía detenerme, nublada como se encontraba mi razón, que ya no era razón, sino un instinto voraz e irremisible. Salté sobre el poyete del ventanal, y como pude me aferré a uno de los barrotes de hierro que lo cerraban, encaramándome a la roca. Y al observar más allá, fuera de los muros que limitaban aquel estrambótico recinto, sentí perder la vida, pues en el exterior no era la luna la que brillaba, ni su luz la que atravesaba la ventana. No recuerdo bien qué fue lo que vi, pues mi memoria lo ha borrado ya por siempre, sin duda con el fin de dejarme descansar lo que de vida me reste, pero sí recuerdo que no era imagen de este mundo, sino que tenía más que ver con los horrores y espantos que se filtran en el alma tras las grietas de la muerte, de un infierno que ninguno de nosotros en vida sería capaz de concebir. Una sensación de locura casi tan fehaciente y tangible como mi propio ser me invadió, llenándome de un inusitado vigor que aproveché para aferrarme a la roca aún con más fuerza y coger el impulso sobrehumano necesario para alcanzar la cruz. Ésta se hallaba firmemente adherida a la roca, pero con más firmeza hundí yo mis manos sobre ella, y con tanta fuerza tiré que pronto se desprendió, cayendo yo de bruces contra el suelo, la cruz sobre mí, y algunos resquicios de roca.
Aquella extraordinaria cruz no se parecía en nada a cuanto hubiese visto yo antes. Tal y como había observado en la distancia, estaba moldeada de forma similar a una cruz cristiana de las que adornan los cementerios y panteones, pero su longitud era mayor en el tronco, y todos sus brazos se combaban en los extremos, abriéndose sobre sí mismos para después recuperar parcialmente la forma y acabar en punta. Sobre ella se encontraban tallados diferentes motivos, extravagantes y retorcidas formas que bien habrían podido ser talladas por la mano del diablo, acompañadas por unas runas indescifrables, como si sobre su cuerpo se hallase escrita una profecía destinada a ser conocida sólo por unos pocos.
Como pude me levanté, cruz en mano, y me dirigí hacia mi hermano con ella, pero justo antes de llegar al aljibe una horrenda sensación me invadió al notar que una extraña y sobrecogedora fuerza me retenía en un abrazo etéreo, similar al que fuera el abrazo del viento si pudiese éste materializarse sobre nosotros. Me aprisionó, e intentó hacerme caer. Mi hermano se encontraba todavía a unos metros de mí, y su rostro, su figura, sus movimientos, hablaban de apremio y desgracia. Parecía querer decirme algo, pero yo no le oía. Justo antes de caer, en un desesperado intento, el más desesperado intento antes de rendirme, le lancé la cruz, y ésta fue a parar directamente al fondo del aljibe.
Ya desde el suelo, mientras trataba de rebatirme inútilmente contra una fuerza superior a mí, que me tenía a su merced, observé con consternación como en su desesperanza mi hermano se hundía en las aguas en busca de la cruz. Al menos un par de veces le vi zambullirse en aquel lecho de sierpes y asomar con objetos similares que sin duda había arrancado del fondo de aquel pútrido valle de muerte. Por última vez desapareció bajo la superficie, y en esta ocasión, en este último intento, al emerger, el objeto que portaba entre sus manos era la cruz que yo le había arrojado, y la tenía asida por ambos brazos. Pero entonces advertí con espanto como al mirarme su rostro se demudaba en horror, un horror terrible que no puedo describir. Sus facciones se retorcieron en formas incomprensibles, grotescas y sobrenaturales, transformadas por la angustia; y pude ver cómo sus ojos grises se vestían de desaliento e incredulidad. Jamás dejarán de perseguirme las imágenes terribles del rostro mortal y cadavérico de mi hermano; abatido, desmoralizado, en su vano intento de hacer algo, en la desazón de no saber qué hacer. Y esto fue lo último que vi antes de desvanecerme, antes de despertar…

Al abrir los ojos, me encontraba en la cama, encorvado sobre el colchón. Tenía los miembros entumecidos, sin duda a consecuencia de la extraordinaria postura adoptada. Y sentía frío, mucho frío, y una humedad viva, pero no en mi piel, la sentía en mis huesos, una humedad líquida, como de cientos de años; y la sensación más espeluznante, sabía que estaba despierto, con la respiración agitada, el cuerpo convulsionado, sudando, sentía… que alguien yacía a mi lado.

Relato publicado en el volumen “De Sueños y Sombras, los escombros de la memoria.”

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